LA ENTRADA DE LA CUEVA
Las cuevas siempre han fascinado la imaginación del hombre, debido a su valor simbólico que ha dado lugar a numerosos cultos, mitos y leyendas. No es casualidad que desde tiempos prehistóricos los santuarios más antiguos de la humanidad se encuentren en cuevas.
En el imaginario colectivo medieval, la oscuridad de la cueva y la inaccesibilidad del lugar creaban una atmósfera de misterio e impenetrabilidad, de limitación, no sólo física, sino también psicológica y moral.
La puerta de entrada, en una iglesia construida o excavada en la roca, representa la línea de demarcación que separa el espacio sagrado del profano, pero también la línea de paso entre estas dos dimensiones.
Juan el evangelista escribe: «Yo soy la puerta; el que entre por mí, se salvará».
Cruzar el umbral es en sí mismo un verdadero rito de paso, un rito iniciático, que permite entrar en contacto directo con lo divino.
La puerta de entrada a la cueva-santuario del Arcángel Miguel en el territorio de Santeramo estaba originalmente decorada con una pintura, encerrada en un marco rojo con fondo amarillo, de la que sólo quedan algunos fragmentos: a la derecha, se puede reconocer el cuerpo de un pez.
Se trata de un símbolo cristiano muy recurrente, que deriva del acróstico IXTUS = pez, que contiene las iniciales de la frase “Jesucristo hijo de Dios Salvador”.
En este caso, considerando el complicado recorrido devocional de la cueva, lleno de dificultades, podría conectarse con la iconografía de Jonás tragado por un gran pez, bien documentada desde los primeros tiempos del cristianismo y asociada a la muerte y resurrección de Cristo.
Mateo informa que “como Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches, así también el Hijo del Hombre estará en el corazón de la tierra tres días y tres noches”.
Por esta razón, la entrada a la cueva representa el inicio de un viaje cósmico y comienza con la “muerte” del hombre pecador, quien, al entrar en la cueva, desciende al “más allá”.